domingo, 13 de diciembre de 2015

Los liberales ante las urnas





Interesante charla en el Instituto Juan de Mariana con los representantes de Vox y el P-LIB. Ambos partidos piden el voto de los liberales. Juan Ramón Rallo aboga por la abstención.

Se plantea la siempre interesantes pregunta de cual es la estrategia más efectiva a seguir en política desde el punto de vista de una minoría. ¿Es mejor ser maximalista y abogar por un programa que comparte un diminuto porcentaje de la población manteniendo la pureza ideológica? ¿O es preferible defender ideas más moderadas pero que puedan convencer a una mayor parte de la población?

La otra pregunta siempre tan discutida entre los movimientos minoritarios es la de la táctica partidista. ¿Es mejor buscar influir desde dentro en un gran partido con posibilidad de gobernar? ¿O se puede ejercer mayor influencia con una voz propia aunque eso disminuya las posibilidades de estar en las instituciones?

En el caso del sistema electoral Español la Ley d'Hontd es especialmente perjudicial para los partidos pequeños, salvo que sus votantes estén muy concentrados geográficamente. Es un sistema que favorece a las grandes coaliciones y a la dialéctica frentista.

Dejando a un lado los argumentos liberales sobre la moralidad del voto o el cálculo racional económico del voto, y partiendo de la premisa de que es preferible la participación... ¿Cual es la forma más efectiva de ejercerla?

Hay dos casos de movimientos minoritarios que han logrado un gran éxito político en las últimas décadas y que merece la pena estudiar.

El primero es el ejemplo de los partidos políticos nacionalistas en España. Nunca han sido mayoritarios en el Congreso de los Diputados, ni han aspirado a serlo. Sin embargo desde 1978 y gracias a una política de pactos flexible y oportunista pero una claridad cristalina en cuanto a sus objetivos a largo plazo, combinada con el gradualismo en los medios han logrado obtener la práctica totalidad de sus reivindicaciones iniciales. Tanto es así que España es el país más descentralizado de Europa y hay ya poco que puedan obtener sin una ruptura definitiva. Incluso han logrado que otros partidos mayoritarios asuman sus postulados como propios para competir en votos. (Podemos plantea el referéndum de independencia en Cataluña, el PSOE aboga por un Estado federal). Desde luego la coalición electoral "Junts pel Sí" entre CDC y ERC es una muestra insuperable de flexibilidad táctica.

Conseguir éxitos tan rotundos y marcar la dirección del cambio de forma tan contundente con el respaldo de apenas el 5% del electorado muestra el poder de la insistencia y de tener los objetivos claros.

El segundo caso de éxito es el movimiento por los derechos de los homosexuales y otras minorías. De nuevo estamos ante un movimiento minoritario, inferior al 10% de la población, pero con unas reivindicaciones muy claras. En este caso la estrategia no ha sido una de concentración del voto sino de organización social para influir en los partidos mayoritarios. Las organizaciones LGBT tienen voz en todos los partidos de España con representación parlamentaria. Todos los partidos en principio compiten activamente por su voto o como mínimo tratan de no ahuyentarlo. El movimiento no rehuye las coaliciones con otras causas que afectan a una mayor población (por ejemplo con la causa feminista). Las organizaciones sociales del movimiento aúnan a personas con gran diversidad de sensibilidades que sin embargo hacen causa común para reclamar sus derechos. 

No han necesitado un partido propio, y sin embargo han logrado en los últimos 20 años influir en todas las leyes tramitadas que en algo afectaban a sus reivindicaciones.

Cualquier movimiento político que aspire a dejar huella en los próximos 20 años haría bien en estudiar a fondo estos dos ejemplos. 

La respuesta a la pregunta inicial sobre qué hay que hacer para lograr el cambio social es sencilla: Todo. Hay que hacerlo todo.

Hay que tener un partido propio "purista". Hay que crear agrupaciones ideológicas dentro de los partidos mayoritarios. Hay que presentar a un candidato en todos los partidos que permitan primarias. Hay que crear medios afines y también participar en los medios generalistas. Hay que dejarse cortejar por los grandes partidos pero a la vez amenazar con la escisión y la abstención para no ser nunca voto cautivo. Hay que proponer leyes y reformas a todos los niveles de la administración. Hay que tener objetivos utópicos a 20 años vista y a la vez aprovechar cualquier oportunidad para avanzar un paso hacia ellos, pactando con quien sea. Pero sobre todo hay que tener muy, muy claro lo que se quiere y lo que se reivindica para poder medir al milímetro si un pacto, una coalición, una ley o un acuerdo de cualquier tipo supone un avance. Hay que evitar enfangarse en debates entre afines sobre la ruta y concentrarse en lograr el consenso sobre el siguiente paso. (Es absurdo que un Ancap y un minarquista no puedan colaborar a corto plazo en reducir el Estado desde el 50 al 45% del PIB). Hay que preocuparse de que la siguiente generación conozca las ideas que defiende el movimiento y que se considere una discriminación ignorar o no dar igual espacio en la enseñanza a esas ideas. Hay que hacer ruido.

Y por supuesto no hay que limitarse a la acción política, que es sólo un aspecto, y no necesariamente el más influyente de la acción social. La batalla de las ideas es mucho más importante.